FRANCIA NO ES FARO NI FOCO

   Hiperman es una concreción sintética del siendo/cambia que se conforma mediante realización identitaria histórica de los pueblos orpimidos del planeta. Sus capacidades extraordinarias devienen en dispositivos creadores de procesos significativos sediciosos en el imaginario colectivo. Patria y revolución (comunidad y soberanía) actúa en esos sentidos, a veces más que nada como bomba de retardo epistemológica, a veces como virus disolvente de alguna relativa hegemonía, en ocasiones como carga expositora de íntimos ocultos esenciales y en ciertos pinpunplánimes de la existencia humana como gases hilarantes que aumentan las visiones sometidas por obnubilación a los influjos hipnóticos de lo solemne, evidenciando detalles de su compostura. La obra que aquí comenzamos a compartir consiste en una serie de escritos autónomos disparadores de posibles reflexiones recreadas sobre diversos temas relativos a factibles intervenciones comunitarias en el diseño y la elaboración de realidades. Iremos identificando y subiendo sus componentes a La Birome hasta completar la obra y hacerla capaz de estar entre tus manos.
   Lo que sigue es el texto que inauguró la serie:

FRANCIA NO ES FARO NI FOCO
(Hiperman, 21/12/2018)

 

   Está muy bien que prestemos atención a lo que sucede en cualquier lugar del mundo y que nos identifiquemos con las luchas de los pueblos del planeta. Lo que estoy empezando a decir no pretende quitarles importancia a las jornadas de lucha de los chalecos amarillos, ni relativizar lo que podamos aprender de esa experiencia. Lo que sí afirmo es que la trascendencia que adquieren dichos sucesos no depende ni de su profundidad, ni de su proyección, ni de su integralidad, ni de sus alcances, sino del hecho de ser Francia una potencia colonialista.

   En estos días volvimos a leer y escuchar por todos lados cosas sobre el Mayo Francés. Bueno: mientras estudiantes parisinos sostuvieron su protesta en un nivel de enfrentamiento físico que derivó en la muerte de 7 u 8 personas (según se consideren fechas, sucesos y locaciones), en gran parte de África y Asia se luchaba por la liberación nacional y social, sosteniendo luchas que abarcaron todas las dimensiones de la existencia humana, desde la cultural, social y filosófica, hasta la militar, pasando por las relativas a roles de género y clase. Con el resultado, en varios casos, del triunfo político de estos pueblos sobre las principales potencias del mundo. (Incluida Francia). Durante las últimas décadas, pudimos ver la tradicional celebración del Mayo Francés por parte de agrupaciones que apenas si llegan a hacer, en muy contadas ocasiones, alguna mención del triunfo del pueblo vietnamita sobre Estados Unidos (en un proceso antecedido por triunfos sobre varias otras potencias colonialistas), y no hacen ninguna celebración de la independencia de Angola.

   En el año 2001, tras una década de luchas en ascenso que dieron lugar al surgimiento de nuevos sujetos sociales (piqueteros, movimientos de desocupados, asociaciones de trabajadores que asumieron la gestión de empresas llevadas de manera fraudulenta a la quiebra), llevando a cabo las masivas e intensas jornadas de los días 19 y 20 de diciembre derribamos un gobierno, causándole una derrota al neoliberalismo de la que no termina de recuperarse. Después de dos años de una transición en la que se desactivó la convertibilidad, se puso en crisis la relación tradicional con el FMI y se asumió como responsabilidad del Estado la supervivencia de la población (se masificó y estabilizó la entrega de alimentos, se crearon nuevos subsidios a desocupados y sostenes de familia, etc.), aprovechando el desgaste de las alternativas políticas funcionales al colonialismo instalamos un gobierno que, mandato tras mandato, concretó en leyes y medidas muchas y principales reivindicaciones sostenidas por la mayoría de los movimientos que protagonizaron esa década anterior de luchas a la que me refería al iniciar el párrafo. El triunfo electoral de Cambiemos nos está costando retrocesos en todos los aspectos. Así y todo, lo que aún nos queda es, en muchos casos, parte de aquello por lo que peleábamos en los noventa. (Empresas de transporte y recursos energéticos en manos de la Nación, jubilaciones, subsidios, escuelas, universidades, genocidas condenados, fábricas recuperadas, derechos que aún son ley -se cumplan o no-, y novedades culturales irreversibles).

   Cada paso que el neoliberalismo da aprovechando este triunfo electoral, le cuesta profundización de nuestra organización y capacidad de lucha como pueblo, así como mayor nitidez de nuestra proyección política. Quiero decir: mayor capacidad de asumir una orientación general compartida del movimiento diverso y plural que asume intereses más o menos particulares, locales o sectoriales orgánicamente integrados a los intereses mayoritarios generales y esenciales. Mientras vemos, leemos y escuchamos sobre muy inciertos e imprecisos alcances de la movida de los chalecos amarillos, sobre resonantes hipotéticas novedades de las relaciones entre lo espontáneo y lo organizado, “la vanguardia” y “las masas”, la reforma y la revolución, América Latina acaba de concluir una ronda de intervención popular en los asuntos de Estado que implicó la proyección política de la lucha y la organización por las reivindicaciones concretas de tipo económico, cultural, social y demás. Los mismos medios y espacios que tanto aparentan aprender con la movida francesa, parecen estar conformes con sus versiones simplistas de un proceso latinoamericano con relación al cual la inversión de inéditos recursos por parte del imperialismo para revertirlo apenas produce algunos triunfos electorales atados con alambre, a partir de los cuales nuestros enemigos toman medidas que les redundan en ganancias extraordinarias y, también, en profundización de la crisis de su dominación.

   Este mismo continente protagonizó, en las últimas décadas del siglo XVIII y las primeras del XIX, un proceso revolucionario que concluyó con la independencia política de unas cuantas naciones nuevas. En dicho proceso intervinieron cientos de miles de personas desplazadas finalmente por minorías más o menos directamente inspiradas en el modelo británico de expansión comercial y en los resultados políticos de la revolución francesa. Las “masas” que protagonizaron mayoritariamente los procesos revolucionarios en la región se asumían en principio como integrantes de mismas comunidades, conformadas por pueblos con tradiciones y valores particulares, instituyendo con su devenir sus autonomías y las relaciones de asociación e integración que garantizaran su independencia económica y su bienestar social. La "vanguardia" reivindicadora del progreso civilizatorio y el libre comercio partió el ejercicio de la soberanía en territorios nacionales compartimentados, deshaciendo así las posibilidades de independencia económica y bienestar social, posibilitando las intervenciones imperialistas armadas y sumándonos conflictos intra regionales.

   En la Bolivia actual se funda una realidad socio política y cultural en la que el pueblo vota jueces, y nuestra intelectualidad mediática no siente necesidad de interpretar el fenómeno como condición de comprensión de la etapa que como pueblos de Sudamérica estamos transitando. Si lo que lleva a interesarnos más o menos por los movimientos históricos es su capacidad transformadora, hace varios años que nuestro foco de atención y faro que explicita en concreciones las posibilidades actuales de realización humana (en el sentido de capacidad colectiva de creación de realidad), podría radicar, entre otras, en situaciones como las que se dan en todo el territorio en que el pueblo kurdo pelea por ejercer su soberanía. Descubriríamos que, entre otras cosas, las dimensiones en que este pueblo se organiza constituyen una convergencia diversa en lo religioso y filosófico, plurinacional (como el actual Estado boliviano), que pone en discusión y altera en la práctica las relaciones de clase, de género, de raza y de nacionalidad. Y en el contexto integral en que el pueblo mencionado existe transformando, nos detendríamos, seguramente, en las organizaciones armadas de autodefensa específicamente femeninas, que, integradas a una lucha general, enfrentan al imperialismo y sus dañinos desechos terroristas (y de ese lado está el tan mentado fundamentalismo), repensándose como mujeres en la casa, en la sociedad y en el mundo.

   Los únicos movimientos asiáticos, africanos o latinoamericanos que adquieren trascendencia mediática mundial son aquellos que enfrentan existencias de las que el colonialismo quiere desembarazarse: primavera árabe, lucha contra la burocracia soviética, oposición al chavismo en Venezuela, por ejemplo.

   Con algún tipo de “vanguardias” que reiteradamente no participan de movimientos de “masas” con características de los denotados más arriba (o, directamente, los impugnan), suele pasar (o puede pasar), que décadas después, cuando la decantación histórica evidencia aciertos y conquistas implicados en transformaciones incorporadas a la realidad concreta y cotidiana, se autocritican haber rechazado, enfrentado o desconocido a dichos movimientos. Pero las autocríticas no modificarán las tendencias de la práctica de quienes las realizan mientras no se transforme lo esencial, consistente en puntos de vista que no les reconocen a “las masas” el hecho de haber entendido, aprehendido, comprendido cómo y por qué medios sacar adelante sus intereses en un momento histórico dado, asumiendo, en ese momento histórico, todas las posibilidades de transformación de la realidad en función de sus necesidades; de maneras y en plazos posibilitados por un contexto civilizatorio dado. Posibilidades de transformación enunciadas, explicitadas e integradas en un proyecto político que se realiza en todas las dimensiones de la existencia humana.

   Hace pocos años, a partir de una propuesta de un gobierno sudamericano (el de Argentina), se alcanzó un acuerdo entre muchos Estados nacionales para el abordaje del tratamiento de las deudas externas al que sólo se opusieron las potencias colonialistas con 6 votos, el de Francia incluido. Esto expresa la posibilidad de profundizar acuerdos de convivencia internacionales constituyendo una dimensión global mayoritaria que ampare la puesta en práctica, mínimamente, de todo aquello que podamos consensuar como derechos básicos. Acuerdos regionales como los que avanzaron en Latinoamérica en la etapa anterior, entre gobiernos enfrentados al neoliberalismo (algunos luego derrotados electoralmente y los que no lo fueron asumiendo nuevas contradicciones y complejidades), sostienen y potencian esta posibilidad. Mientras ciertas “vanguardias”, por considerarlos ajenos al progreso civilizatorio, desconfían de los movimientos mediante los cuales las “masas” enfrentan la matriz epistemológica, cultural, social, económica y filosófica de la civilización dominante (matriz generadora del punto de vista de aquellas “vanguardias”), dichos movimientos expresan la conciencia de las “masas” en relación a las únicas alternativas que el progreso de la civilización dominante les ofrece: desaparición o integración alevosamente subordinada en el molde de la explotación, la marginalidad y el sometimiento; implicando en ambos casos la pérdida de cada dimensión de la existencia con la que esas “masas” se identifican, asumida como esencia de su ser.

   La posibilidad de integración a partir de la soberanía de los pueblos, de su bienestar social, de sus identidades culturales, de su independencia económica, que implica transformar relaciones de clase, de género, de raza y de nacionalidad, es un componente esencial de las identidades populares de ayer, de hoy y de mañana. En nuestro continente y en los otros. Está en los fundamentos de nuestra capacidad de realización comunitaria; en la capacidad popular de conformar la realidad y hacer la historia en el pasado, en el presente y en el futuro.


Hiperman, 21/12/2018


Visto por última vez en Morón (noviembre del 2005)


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